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En un verano sin agua ni aire,
llegaste como un manantial.
Yo tomé todo por real,
sin ser advertida de la verdad.
Pero todo pasa.
Y el tiempo llega…
como los hechos,
mientras las palabras vuelan.

Como hoy volaste tú…

Hoy te vi caer desde mi altura.
Como el resto de las hojas del otoño.
Yo intuía que eras caduco…
por muchas promesas que me hicieras
de que no serías como los demás,
y de que te convertirías en el único perenne.

Hoy te vi caer desde mis altura.
Y el instinto me hizo ir a recogerte.
Quizás por eso mis manos son ramas,
inamovibles,
para que no cometiese el error
de retenerte e intentar cambiar lo que no se puede.

Hoy te vi en el suelo, junto a mi tronco.
Como si te despidieras.
Y aprovechaste la primera brisa,
para volar,
hacia tu decisión.
Donde yo no formo parte.

Supongo que si apareciste tuvo que ser por alguna razón.
Pero te has marchado sin decirme cuál.
Ojalá viniese un vendaval,
y arrancara la rama de la que brotaste,
como único remedio para olvidarte.

Y aun así sería imposible,
porque te sentí hasta lo más profundo de mis raíces.
Las mismas que se extienden y ahora te buscan bajo la tierra,
a golpes ciegos y zancadas,
intentando alcanzarte,
donde tú estés.

Pero no tiene sentido,
porque no las esperas.
Como yo nunca esperé una hoja como tú.
Como en verdad, nunca me esperaste,
y sólo fui una estación de paso
en tu verano.
Por eso nunca me querías contar el cuento hasta el final.
Porque en la última página estaba la verdad:
que te ibas con la llegada del otoño,
que ocultaste y mentiste desde el principio
y que jamás ibas a volver.

Ilustración disponible en print, agenda, libreta y otros soportes

contacto@bernaltrivino.com

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