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Cuando estaba perdida en lo desconocido,
entre manos huesudas que me atrapaban,
sombras que sobrevolaban,
aullidos de hambrientos,
polvo y tierra,
lunas devoradas por el negro cielo,
y estrellas como piedras de fuego…
Llegaste tú…
Y retiraste mis lágrimas con tus besos.

Me serenaste.
Separaste las tinieblas.
Soplaste a las nubes,
para que ascendieran hacia el cielo.
Trazaste un nuevo camino.
Aportaste el aire y el oxígeno.
Y comenzó a entrar la luz,
para hacerme sonreír,
y derribar mis miedos.

Comprobé que las manos eran ramas.
Las sombras, aves aladas.
Los aullidos, canto de grillos.
Convertiste el polvo en árboles y flores.
Y me acercaste las estrellas a la tierra,
para luego volar como luciérnagas.

Cuando me giré, ya no estabas.
Pero estabas.
Como la luna nueva.
En cada una de mis decisiones.
Entre las hojas que marcaban las estaciones.
En las batallas contra mis monstruos.
En tus susurros de viento.
En el aire que me rodea…
y te siento.

Te convertiste,
en el primer pensamiento de la mañana,
en el último pensamiento de la noche.
Cada día preguntaba por ti,
a todos los árboles, flores y animales.
Hasta que un día te encontré.

Y me quedé.
Y me quedo.
Y me quedaría.
Todos mis segundos.
Todos mis minutos.
Todos mis días.
Agarrada a ti.
Como si fueras el tronco del árbol
que me da la vida.
Como una simple koala,
que habría encontrado,
su eucalipto perfecto.

Ilustración disponible en print, camiseta, libreta y otros soportes

contacto@bernaltrivino.com

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