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Érase una vez,
a las siete y cuarenta y tres,
cuando emprendimos un viaje en autobús,
sin saberlo ninguno,
para trazar mil kilómetros de palabras,
que devoré a cada instante.

Sin planearlo,
te sentaste a mi lado.
Y arrancó el viaje.
Me saludaste…
Me regalaste una canción,
e inventaste un mar de notas,
sobre las que saltaba,
para avanzar junto a ti.

No sé cómo lo hiciste,
pero manejaste las agujas del tiempo,
y me has dejado tatuados,
cada uno de tus segundos,
por todo el cuerpo.

Las horas contigo
pasaban volando,
se desvanecían en el aire
y se encontraban
con las plumas escapadas
de las alas agitadas,
que tú me hiciste nacer.

Y tejíamos conversaciones
de los árboles,
de la luna,
del sol,
y de aquel escarabajo.
Y sin darme cuenta,
en minutos de descuento,
pasamos un mes de contrastes
para pasear por mil paisajes,
por esos relatos inventados,
que surgían de tu chistera,
repletos de color.

Me sentí como Alicia en el País de las Maravillas.
En un mundo que tú sólo sabías crear.
Me hiciste abrir mil puertas.
Y crecer más allá de mis enigmas.
Porque con tus frases, me hacías grande.
Sin miedo a nada.
Y con tus frases, me hacías pequeña.
Con miedo a ti.
Como te avisaba.

Y llegó el final del sueño…
Iba apoyada en tu hombro.
Rodeada por tus abrazos por cuarenta años.
Escuchaba que menguaban tus latidos.
Y me alcé para susurrarte al oído.

Y, de golpe, el autobús frenó en seco.
Se diluyeron los billetes para continuar el trayecto.
El reloj se paró.
Las alas dejaron de batir.
Las fantasías explotaron en el aire.
Las palabras se agotaron.
Y me quedé sin aliento.

Tú bajaste primero.
Yo te seguí.
Y ya no estabas.
Y si estabas… ya no eras el mismo.

Firmaste el fin de la historia.
Como buen autor,
añadiste la última página,
y asumí mi papel…
donde acabé reducida
a secundaria de un cuento.

Y, desde entonces, sólo flotó un silencio.
Un silencio cargado de sonido.
Un sonido silencioso donde retumba tu eterno eco.

Ilustración disponible en print, camiseta, libreta y otros soportes

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