Puedes leer la carta original publicada en andalucesdiario.es o bien aquí, en mi blog….

Rafael

“El día que el hambre desaparezca, va a producirse en el mundo la explosión más grande que conoció la humanidad”
(Federico García Lorca)

Lo conocí en Nochebuena. Tendría unos cincuenta y tres años.

Muerta de frío, acudí con una amiga a una cafetería el 24 de diciembre, cerca de la hora de cierre. Allí estaba, sentado en la barra del bar. Y miraba hacia los lados. Sólo movía los ojos, sin girar la cabeza. E, inmediatamente, después dirigía su vista al frente. La dependienta de la cafetería, mientras limpiaba los platos, lo llamó. Rafael estaba en el último asiento de la barra, junto al fregadero. Pero para él debía ser la mejor zona en la que había estado desde hacía mucho. Podía sentir la calefacción y un asiento lo elevaba del frío suelo al que nadie puede acostumbrarse. Allí se terminaba el café con leche al que le habían invitado por Navidad. A su lado, con chaqueta, un jefe de un centro comercial saboreaba una cerveza a la vez que dirigía un baile de miradas entre la camarera y Rafael, destilando arrogancia y superioridad.

Todos los clientes apuraban las horas antes de compartir mesas con sus familiares, mientras Rafael sabía que nadie le esperaba. Vestía un chándal, desacorde la sudadera con el pantalón. Las zapatillas deportivas estaban algo sucias y roídas. Pero daba igual. Su mirada reflejaba que sentía no pertenecer a aquel lugar. No porque no lo mereciese, sino porque el sistema le condena, ni siquiera, a poder pisar una simple cafetería. Pero él sabía que allí estaba por poco tiempo. Horas antes, personas como él, habían recogido alimentos en una interminable cola, en familia, con sus hijos. Algo que llevarse a la boca en la cena de Nochebuena.

Ni siquiera el calor de la cafetería podía evitar el escalofrío que produce la desigualdad. Valoras si incluso dentro de diez, quince o veinte años, cuando te haya quedado una pensión paupérrima (si es que la alcanzas) no te verás en la misma situación que él. Y el temblor da paso inmediato a la indignación. Porque

. Porque Rafael no necesitaba un café. Lo que realmente habría necesitado era una oportunidad en su vida. El trabajo permite un hogar y un plato de comida. Aporta dignidad, autoestima y posibilidad de crear una familia. Cuando un eslabón de esta cadena se rompe, se condena al ser humano a la miseria.

Rafael simbolizaba en aquel momento la delgada línea que representa la ayuda y la caridad. Puede resultar un mensaje impopular, pero esta caridad manifestada sólo en festividades y de suplir lo que el Estado debe asumir, simplemente, profundiza en la desigualdad. No palia, sino que lo mantiene. Porque es un fracaso colectivo de nuestros derechos y del sistema construido (y por construir) juntos. Me dirán: “Si el Estado no responde, ¿qué hacemos, que se mueran de hambre?” Se puede ayudar. Pero hay que denunciar que esta ayuda no es lo justo ni definitivo. No se puede ofrecer la caridad como un triunfo social y así limpiar la imagen del capitalismo. No vale hacer reportajes y programas en la televisión presentando las donaciones y los bancos de alimentos como remedio, cuando el Estado debe favorecer las condiciones para que nadie deba acudir a ellos. Este sistema de asistencia sólo ayuda en lo inmediato, pero no da una oportunidad para el mañana. Los propios centros de ayuda reconocen que están desbordados. Porque mientras el Estado vea en ellos la solución, nunca afrontará su responsabilidad y dejará que sean ellos los únicos que sostengan el problema.

Mi compañero Quim Brugue escribió hace poco que “las fronteras que separan los estados son cada vez más artificiales, mientras que las que separan a los ricos y pobres son cada vez más dramáticamente reales”. Y no le falta razón. Rafael era aquella representación. España encabeza los primeros puestos de desigualdad y Europa era menos desigual en 1970 que ahora. Todo gracias a la troika financiera y los gobiernos que apoyan esas medidas.

Por unos minutos, Rafael se había integrado en la sociedad que nunca le mira a los ojos ni le dirige la palabra. Miró a derecha e izquierda y levantó su tacita de cristal. La volcó hasta tomar lo que quedaba. Pero comprobó que quedaba algo más.  La acercó de nuevo a su boca y echó hacia atrás el cuello, lo máximo que pudo, mientras la última gotita se deslizaba. Saboreó un instante a la vez que parecía incluso respirar los últimos aromas a café y té que despedía el local. Por última vez, lanzó una ojeada a los lados. Y tímidamente, intentando no ser objeto de atención, sacó su lengua a intervalos y la puso en la borde de la taza. Una y otra vez, de forma intermitente, como un tic nervioso que delataba su afán por apurar incluso los restos adheridos a las paredes del vaso. Comprobó que no había nada más. Echó un vistazo al local, seguramente pidiendo que ese café no se lo pudiese tomar sólo en Navidad o que alguna vez él pudiese ser la cara A de la sociedad. O, a lo mejor, recordaría alguna de esas noches de Navidad de cuando fue un niño, y nunca pensó que terminaría así. Y, en una lección de educación y respeto para muchos que ni siquiera se dignan en saludar, se levantó de su taburete, dio las gracias y dijo buenas noches con una amplia sonrisa. Los ojos le brillaban y, en cierta forma, en su profundidad parecía desvelarse su lucha por sobrevivir.

Caminó apurando ese instante. De nuevo otro escalofrío se convirtió en rabia. Ser uno de los países con más población en riesgo de pobreza no es casual. Se debe a que somos una sociedad tan mediocre y egoísta, tan inconsciente e irresponsable, que no asume que los excluidos son también nuestro fracaso, por las ideologías y políticas que se apoyan cuando se vota o se abstiene, cuando se silencia, o nos conformamos con que no existe alternativa. Así seguiremos, como dice Pablo Carbonell, instalados en la “desigualdadocracia”, tan rentable para los ricos. La desigualdad es corrosiva. Desgasta lentamente. Al tiempo. Conforme la pobreza alimentaria, laboral, energética, sanitaria, educativa o cultural nos golpee, iremos despertando.

Iban a cerrar. Debía marcharse. Se abrieron las puertas de cristal. Y Rafael abandonó el local sabiendo que, a su salida, volvería a ser invisible hasta la próxima Navidad.

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