Puedes leer la carta original publicada en andalucesdiario.es o bien aquí, en mi blog….

Esto no es nuevo

El lunes fue el Día Mundial del Trabajo Decente. Es obvio que, el resto del año, se celebra san Precario. Mientras leo la noticia de la efeméride, rememoro esta anécdota personal del año 2007:

—Venga— dijo Marco Antonio, mientras ponía tres sillas en el centro de la redacción—. Esto será como el juego de la silla. Pondrán musiquita y cuando pare, quien no esté sentado, despedido.

Era la broma de un compañero ante los rumores que corrían por nuestra empresa. Reímos con aquella ocurrencia pero, al segundo, la sonrisa se torció y se congeló.

Junto a este recuerdo, mi memoria devuelve titulares sobre la precariedad laboral que corren como la pólvora. “Es insoportable ver cómo la humillan por 400 euros al mes”, por cuatro horas de trabajo diarias. Pero, aunque nunca es tarde, lo que me indigna es que llame la atención ahora, sólo ahora.

Esto no es nuevo. Quien les escribe y tres compañeros más cobrábamos 450 euros por una jornada mínima de ocho horas. Ya estaba licenciada y cursando el doctorado (del que se reían). Al final, recibíamos 434 euros netos. Era el año 2004. Es decir, la época de “España va bien”. La de los beneficios, el ladrillo y la construcción como sistema de riqueza a bombo y platillo.

Una, lanzada a una precariedad que te engullía como arenas movedizas, intentaba protestar. Y era entonces cuando el jefe respondía: “Tú misma…Si lo dejas hay cuatrocientos que quieren tu puesto”. Mientras, los que tenían condiciones mejores callaban, o te miraban con soberbia y reprobación.

Standing publicó este año El precariado, una nueva clase social. Cuando lo leí, pensé otra vez: «Que no, que esto no es nuevo». Le doy vueltas a todo cuando me escribe mi amiga Carmen. La única empleada con titulación universitaria en el bar donde trabaja, en Londres. Por ser española, sabiendo de la necesidad, reconoce que hacen “negocio con la inmigración” porque “nos putean y nos explotan”. Lo último que le pidieron: buscar entre los desperdicios de la basura un salero desaparecido.

También me escribe atemorizada otra amiga. Su hermano será despedido. Él, su hijo y ella dependen de ese único sueldo. Más tarde, veo la noticia del joven titulado que limpia aseos en Londres. Y, frente al mayoritario apoyo, compruebo en algunas respuestas de los lectores cómo gusta hacer carnaza. A ver si entendemos que quejarse y mostrar las heridas abiertas no es búsqueda de compasión, ni de victimismo, ni de pena. Es denuncia. Porque lo que se silencia, no se ve. Y si no se ve, no se frena. Se reproduce. Prueba de ello son estas cifras de la Organización Internacional del Trabajo (OIT): de los 3.000 millones de trabajadores que hay en todo el mundo, 2.000 millones no cuentan con un empleo decente, sino uno carente de derechos y de protección social.

Y, cuando te quejas, aparecen siempre las mismas respuestas cliché:

“Pero qué te crees, la titulación no te garantiza un trabajo digno”…Claro. De la misma manera que levantarte con vida todos los días no garantiza que un segundo después no estés muerto. Pero igual que haces deporte para estar sano o te alimentas para vivir, estudias para trabajar. Y, si te especializas, es para trabajar en lo que has dedicado años de tu vida. Dicho esto, la segunda frase es…

-“Estudiar no sirve para nada”. No, perdona. Lo que no sirve es la gestión del país y el sistema. Si sus dirigentes no son capaces de crear empleos dignos en otros sectores productivos ajenos a burbujas, ¿debemos dejar de estudiar? La precariedad se ha instalado hasta en los sentimientos. Te alientan para trabajar en lo que sea rentable, no en lo que motive. Ni siquiera puedes expresar que te cause infelicidad. Y, después de esta reflexión, terminan respondiendo…

-“No se critica la mano que te da de comer”. En la esclavitud, sus víctimas comían las sobras de quienes les denigraban. Al igual que un secuestrado come lo que le ofrezca su secuestrador. Por esa regla, parece que ninguno podría quejarse. Al menos que en este tiempo se haya reforzado parte de la espiral del silencio de Noelle-Neumann, o se hayadesencadenado un síndrome de Estocolmo general, donde acabamos desarrollando complicidad, o incluso afecto, con quienes nos lastiman o humillan.

Y en esto, sumo todo y concluyo que, al final, llevaba razón cuando protestaba. Que no era tan aguafiestas. Aznar, ese salvador para muchos, impulsó una burbuja donde (exclusivamente) quienes estaban dentro cobraban sueldos abultados. Los demás, estrangulados. Un trabajo precario, con un sueldo precario, lleva a condiciones de vida precarias.

En consecuencia, insisto. Todo lo que sucede ahora no es nuevo. Porque el sistema capitalista sin control, donde el dinero vale más que las personas, es el mismo ahora y antes. Y como cuestionarlo era criticado, se ha crecido. En plena bonanza de Aznar o Zapatero, yo he visto familias que padecían. Desde 1996, cuando todos se miraban su ombligo, he visto cartas de desahucio, vender muebles o libros para comprar pan y un pollo con el que comer tres días, no probar el pescado en un año, decirle a un profesor que no puedes comprar los libros de texto aunque la selectividad estuviese a la vuelta de la esquina, o no ir a un cine en siete años. He visto y masticado el miedo y la angustia. Y también, cuando se ha denunciado, me he encontrado con el desprecio, como si la pobreza fuese contagiosa, con el “algo habrá hecho para estar así”. He encontrado que la mezquindad estaba legitimada, arraigada en los adentros, en el egoísmo y el individualismo más profundo y vomitivo.

. La diferencia es que antes éramos menos. Ahora, cuando se vive en la propia piel, se empieza a despertar. Vamos a poner las sillas y a correr alrededor, otra vez, al ritmo de la música. Pero a ver si ya asumimos que esto no es un juego. Y que, cuando pare la música, tú puedes ser el próximo.

Deja un comentario