Puedes leer la carta original publicada en andalucesdiario.es o bien aquí, en mi blog….

El primer día del resto de mi vida

En enero un amigo me explicaba que vivíamos tiempos interesantes, en referencia a la maldición china. Aunque yo estuviese en paro y él trabajase, le animé. Acababa de entrar el año y, a pesar de todo, me contagié de positividad. Convencida de algún proyecto saldría. Seis meses después, ese compañero levanta cabeza. Yo, tuve días en los que casi me convertí en avestruz. Porque los planes buenos no se cumplen y, los malos que no pensabas, aparecen. Es lo que tiene el desempleo.

Desde el poder presentan a los parados como vividores a los que recortar  o anular su prestación. Casualmente son quienes nunca lo han experimentado. Entiendo que para algunos el debate esté en la vuelta o no de Aznar, o en los gin-tonic de los diputados…pero todos los días hay que recordar que hay 6.000.000 de desempleados, con nombres y apellidos. Y más del 50%, de larga duración. Y más de 2 millones, sin prestación, cuando te reducen a la nada.

Decía con certeza Ramón Lobo que estar parado es un tipo de muerte. Tienes que aprender a demostrar que existes, a vivir con esa condición, con la incertidumbre, con el rechazo, con las llamadas que no llegan, con los emails que no tienen respuesta. Tienes que aprender a llorar sin que se note, mientras tú le echas la culpa a la alergia o aguantas hasta la ducha para desahogarte. A atender a tus amigos y familia aunque no quieras hablar.

. Porque lo único que quieres es que todo se acelere. Y temes que llegue el verano, porque todo se paraliza.  Y debes aprender que, aunque creas (porque luchas) que lo que deseas llegará, con el tiempo asumes que no ocurrirá. Porque hay poca elección. Es impuesto. Y dudas de si las decisiones que tomaste fueron correctas.  Y te cansas de que la gente te juzgue cuando lo único que quieres es que estén contigo sin cuestionar. Que te escuchen y te reconforten. Y te paralizas cuando sabes que si no fuese por los tuyos, estarías en la calle. Y sólo buscas vivir con sosiego. Eso, durante 24 horas. Y así cumples los lunes al sol. Y meses. O años.

Vives sensaciones que nunca consideraste. A veces te sientes como Eduard Fernández en Cosas que hacen que la vida valga la pena. Convencido, cual Serrat, de que será un gran día. Y en cada señal o encuentro crees localizar lo que deseas.  O ves una película que se llamaEl primer día del resto de mi vida y no paras de repetir esa frase cuando te levantas. Otras, te identificas con Billy Elliot en esa escena donde, repleto de rabia, baila. Donde quieres gritar, cerrar los ojos, taparte los oídos, negarlo todo, huir y, aunque saltes paredes, des puñetazos o patadas al aire o gires sobre ti sin parar, experimentando por unos segundos una especie de liberación, al final te golpeas con una pared que te devuelve a la realidad. O adquieres estúpidas obsesiones como pensar qué será de tu vida cuando alcances la fecha de caducidad de los yogures que has comprado. Y todo esto es una anécdota porque no quiero amargarles. Es poco para lo que ocurre. Porque esas seis millones de historias son tan duras que evitamos acercarnos a ellas. Porque a este drama laboral se puede sumar el abandono, la enfermedad o el desahucio.

Hace unos días un amigo me sugirió que no debemos conseguir que cambien nuestro carácter. Porque si logran eso, quienes provocan esta situación acaban con lo que éramos. Con nuestra esencia. Y habrán ganado.

Cuando estén con un parado y vean que quizás no les atiende bien o está más débil de lo normal, no le ataque o abandone. Porque quizás el próximo podría ser usted. Y piensen en la capacidad de esfuerzo, resistencia y seguridad en sí mismos que tienen que hacer. Que esos  seis millones de personas cada día esperan con paciencia, luchan, dan los buenos días, piensan que habrá algo mejor, les escriben un mensaje preguntando cómo están, incluso ríen con sus bromas, se ilusionan, se convencen de que no son mediocres, y aunque se desesperen, al día siguiente vuelven a levantarse. Y así siempre, aunque decepcionen personas en las que te apoyabas, aunque haya momentos en los que tengas que remover bajo tierra para encontrar alicientes o tengas que contemplar un atardecer para volver a confiar en que todo merece la pena. Como decía Sampedro, “hay que vivir”. Como canta Lluis Llach, “a pesar de la niebla, hay que caminar”.  Y en el camino, aprender. Resistir es vencer. Yo empiezo hoy con esta columna. Y solo por esta oportunidad quiero pensar que hoy es el primer día del resto de mi vida.

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