Puedes leer la carta original publicada en andalucesdiario.es o bien aquí, en mi blog….

Amigo burbuja, amigo roca

“Un hermano puede no ser un amigo, pero un amigo será siempre un hermano”

Demetrio de Falero (350 AC -280 AC) Filósofo y gobernante ateniense.

Leo que el Gobierno recurre el decreto andaluz antidesahucios ante el Tribunal Constitucional y me viene a la mente una conversación con una amiga. Hablamos de una carta que le pasaron sus vecinos. Proponían al Distrito de Triana el vallado de jardines en una plaza. El fin, entre otros, era evitar la presencia de indigentes. En definitiva, que si tu vida se va al carajo porque te quedas en desempleo, después te quedas sin prestación, y después te quedas sin casa, además del dolor de perderlo todo, debes soportar el desprecio social. Tanto tienes, tanto vales. Mi amiga me comentaba que la angustia de estos vecinos se reducía a que los indigentes “son violentos. Pero la gente no piensa que él es un violentado”, apuntaba. Un violentado por un sistema que ha aniquilado todas las certezas, previsiones e ilusiones de su vida. Cada día veo más personas en la calle y te paralizas sólo de pensar que tú o los tuyos puedan estar algún día ahí. Al otro lado.

Tener una etiqueta en esta vida vale mucho. Una posición. Un estatus. Y, cuando no se tiene, para algunos lo mejor es ignorar. Arrinconar. Silenciar. Sentir ese menosprecio debe darte la amarga certeza de la inhumanidad del ser humano. De cómo este capitalismo ha terminado comprando hasta nuestros sentimientos. De este Estado puedes esperar poco, pero de los tuyos, sí. Si lo pierdes todo, los que te rodean son el patrimonio que te queda. Los amigos son la familia que te construyes en vida. Y esperas que estén ahí cuando tú les apoyaste en sus momentos de necesidad.Pero comprobar cómo te “desahucia” de su lado un amigo en el que pusiste tu confianza y perderlo, desconcierta.

Siempre digo que hay dos tipos de amigos. El peligroso: el amigo burbuja. Puede apreciarte mucho al principio pero, igual que llega, un día la burbuja explota y te das cuenta de que sólo te quería por interés. Y después está el amigo roca. Ese amigo donde, aunque estés en un vendaval, en un naufragio o en tierras movedizas, puedes anclarte a él en las condiciones más adversas y te hace sentir fuerte. Pero a veces hasta esos amigos roca se disfrazan y, cuando les reclamas, se alejan. De forma sigilosa (y cobarde).  Y puedes creer que es una mala racha. Que, como dice Bonnie “Prince” Billy en una canción, tienes la esperanza de que te ayuden a salir de tu oscuridad. Que a veces ni requiere de mensajes complejos, sino sólo de preocuparse con sinceridad. Pero no vuelven. Hasta que masticas la soledad. Y ese alejamiento produce un dolor que se ancla hasta los huesos. Porque has vivido en un engaño. En alguna medida supongo que todos hemos sentido esa profunda decepción alguna vez, y es entonces cuando la desconfianza se apropia de ti. El mismo García Lorca escribía en una carta: “No creo en nadie. No me gusta nadie.” Hay unas certeras frases en una novela de Albert Espinosa, en las que su protagonista dice:

 “La gente es tan falsa… Desde hacía un año no creía a nadie. Pasó algo y todos me dieron la espalda. No quiero decir que no estuvieron a mi lado, allí estaban los primeros días, pero después desaparecieron…Todos tenían cosas que hacer, rumbos que tomar, familias u otros amigos con los que estar (….) Tengo la teoría de que la gente no te desea suerte en la vida, ni en el amor, ni en el trabajo esperando que esas cosas se apoderen de ti…Todo el mundo va la suya”.

Y ese es el problema. El intentar salvarnos por separado. Las circunstancias actuales son las que demuestran quiénes están con nosotros y quiénes no. Porque para reírse, comer o irnos de fiesta, se apunta cualquiera. Pero cuando hay que hablar de dolor es cuando nos retratamos. Y puedes descubrir que tu amigo-hermano huya sin explicación. Como si fuésemos de usar y tirar. Cuando los amigos deben ser irremplazables. Así que en nuestro círculo más próximo, no estará de más reconocer una cosa:

.  De nuestra falta de empatía. En la indiferencia que instalamos entre nosotros reside el éxito del sistema. La vida es muy larga. Podrán poner vallas o muros, reales o ficticios, para evitar sufrir o “contagiarse”. Pero no sé si podrán dormir tranquilos con su conciencia.

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