Puedes leer la carta original publicada en Huffington Post o bien aquí, en mi blog….

Aniversario de un despido

No es fácil contar esto, pero vaya la sinceridad por delante. Justo este lunes 10 de diciembre se han cumplido cuatro años de mi primer despido. Supongo que todos tenemos marcada esa flecha en el calendario. Pertenezco a la primera avalancha de parados (esto ya es un grado…) Por eso, otros compañeros, salvados, nos miraban con recelo, altivez y orgullo, como si fuésemos contagiosos.

Fue un despido a dos semanas de la Navidad, donde se supone que la caridad y la bondad deben rebosar a raudales. Pero el capital es el capital. Por eso, cuando fui a firmar mi carta de despido no encontré ni un “lo siento”, ni una mirada de apoyo; sino indiferencia y casi asco, como si fuese un estorbo que quitar pronto de encima. Defendí mi tesis y, al año, empecé a trabajar como investigadora. De hecho, el tercer aniversario de ese despido lo pasé en un congreso, convencida de que los estudios me garantizaron un futuro mejor. Y hoy, vuelvo a conmemorar esta fecha en desempleo. Y conmigo, muchos más que han ido cayendo. Y todos nos encontramos con nuestras historias en una pequeña sala, donde nos convertimos en números para pasar a un mostrador, donde rara es la ocasión en la que detectas una muestra de consuelo, y te limitan a obtener tu prestación.

Y en aquella sala pienso en el 25% de paro y en el hecho de que, en lugar de proteger, muchos parados se encuentran sin subsidio y con prestaciones recortadas.

Y llego a casa después de dejar varios currículum. Pongo la tele y escucho a tres personas criticando a los parados. Que vivimos del cuento, dicen. Y aplauden todas las medidas que se tomen contra ellos. Con demagogia y total desconocimiento de nuestros derechos. ¿Pero qué creen? ¿Todos los parados defraudan? ¿Piensan que la prestación por desempleo es un regalo caído del cielo? Quienes critican que los parados no buscan trabajo… que miren la vida laboral y comprueben si antes lo hicieron. ¿No saben que muchos han trabajado desde muy jóvenes, que han estudiado y trabajado a la vez y han estudiado durante 20 o 25 años para poder trabajar? ¿Creen que todo ese esfuerzo, en ocasiones con muchos sacrificios personales, es porque queremos rascarnos la barriga bajo un árbol?

Pero bien que usan el doble rasero cuando les conviene… Porque después, disimulan cuando detienen a Díaz Ferrán, mientras le aplaudían por aquella frase de “trabajar más y ganar menos”… Porque después se llevan las manos a la cabeza con el pequeño porcentaje de parados que defraudan porque, según Sáenz de Santamaría, “nadie puede ir de listo por la vida”, pero hacen oídos sordos cuando es el turno del defraudador fiscal a gran escala.

Y siguen empeñados en que este es el camino, esperando que ocurra un milagro… Por favor, ni Virgen del Rocío, ni de las Angustias ni San Pancracio. A estas alturas, no sé qué parte de “la reforma laboral NO FUNCIONA” no han llegado a entender. Y siguen con una venda en los ojos, ciegos, guiados por una fe que sólo ustedes entienden, mientras colocan en los cargos públicos a sus familiares… para después decirnos que somos nosotros los que vivimos de papá Estado. Y mientras, se me revuelven las tripas por lo bien que les ha salido el negocio, con un país sin industria y sin modelo productivo que nos permita crecer y que nos ate a la precariedad más mezquina de por vida. Y nos dicen que nos reciclemos, cuando lo que deben reciclar es el sistema entero.

A los políticos, les diré que los parados no son un número. Cada vez que escuchen las cifras del paro hagan un ejercicio de imaginación. Pongan a cada persona una tras otra y tras otra, y tras otra. Y siéntanse responsables. Detrás de cada número hay una vida con ilusiones rotas. Y, como las desgracias no vienen solas, sean conscientes de que tanto el parado como cualquiera de sus familiares pueden verse atacados por la enfermedad, por las deudas, por el hambre, por los desahucios…

Donde se convive con la humillación, el desaire, el desprecio y la incertidumbre continua. Con la ansiedad de que el tiempo corre más deprisa de lo que crees y que estás al borde del precipicio, a pocas semanas de que te den una patada y pases a ser otro de los que ni tienen profesión, ni desempleo, tratándonos como un cero a la izquierda. Muchos días tienes la impresión de vivir en una ratonera. Y, si nadie te ve, lloras de rabia e indignación porque reconoces que esa no es tu vida, la que imaginabas y por la que te esforzaste. Y sales a la calle a gritarlo, aunque después se rían de ti. Y, sin embargo, esos parados nos levantamos dispuestos a cambiar nuestra vida, confiando en que siempre hay un mañana y que nos adaptaremos.

Se confunden quienes nos critican. Nosotros no somos los comodones. Quizás lo han sido muchos bancos, que siempre han esperado las ayudas del Gobierno de turno para salvar su pellejo, sin esforzarse, arriesgando el dinero de los demás para satisfacer sus ansias. Porque sabían que sólo tenían que pedir lo que quisieran (incluso modificar la intocable Constitución), y se lo darían en bandeja. En cambio, los ciudadanos salen a buscarse la vida.

A los políticos que imponen las medidas y a los empresarios que despiden sin motivo, desde la atalaya de sus privilegios, le aconsejo que se den una vuelta por la oficina de empleo y miren esos rostros. Pero a los ojos. Si es que les queda algo de compasión y vergüenza. Y a los ciudadanos domesticados que apoyan a esos políticos, les recuerdo que se convierten en cómplices. A todos sólo les deseo una cosa: que descubran la empatía. Porque estar en desempleo es tan doloroso, que no se lo puedo desear ni a mi peor enemigo.

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