Irún, Bilbao, Vitoria, Sevilla, Marbella, Málaga… Màxim Huerta recuerda a Lorca cuando le preguntan si está de gira con su última novela, “No me dejes”. Una historia desarrollada en París, que habla de emigración y soledad pero, sobre todo, de alcanzar la felicidad. Una historia perfumada, porque se desarrolla en una floristería que emana su olor en cada página. Durante la entrevista razona cada respuesta con detalle y, cuando se le menciona su momento actual, después de alejarse de su trabajo como presentador, repite siempre la palabra “calma”. Màxim cree en las coincidencias mágicas, en que hay personas que nos protegen y nos cuidan cuando nos dejan… Antes de que llegue veo que en su red social define así su procedencia: “Nieto de Irene”. La raíz más profunda, más allá de geografías ni localizaciones precisas. Y por eso, antes de comenzar la entrevista sé que estoy ante una buena persona.

NOMEDEJES

-Tu última novela, “No me dejes”, es…

Es una novela que habla de la soledad, del paso del tiempo y de la necesidad de ser feliz. Es una novela de cuando toca hacer mudanza de sentimientos, de todo lo que llevamos y metemos en la maleta y que, a la hora de hacer la mudanza, también nos acompaña. Muchas veces cuando cambiamos de lugar, de país, de familia o de pareja también nos llevamos los problemas al otro lugar.

-En este periodo en el que estás…
Un periodo de calma…

-…la maleta va muy cargada?
En el fondo de lo que hablo es de lo que más espacio ocupa, que son los recuerdos. Los recuerdos son la única patria que nos queda a los emigrantes, a los que nos toca salir o escapar de algún problema. En este momento, de recuerdos buenos y malos tengo bastantes.

-Tu narrativa ha ido ganando en consistencia a lo largo de este tiempo.
Yo apuesto más por la literatura de vocación, por explicar cómo era la casa con cuatro pinceladas o cómo está el personaje, a qué huele o cómo habla. Si he cambiado en algo es en la calma. Escribir con calma sin intentar demostrar nada a nadie, y con una búsqueda más de las emociones de las palabras, más que describir tanto, que es muy molesto.

-¿Eres de los que escribe por impulso?

Yo creo mucho en las horas que paso frente al texto. No espero a que vengan las musas porque nunca llegan. No creo en ellas, creo en las horas. Yo le dedicó mucho a corregir, a releer, yo he leído siempre mucha prosa poética y no sólo hay que escribir sino también tener sonoridad… Así que, muchas veces, estoy intentando acortar la frase y elegir la palabra correcta.

-Cuando se abre el libro, hay una frase de Mary Poppins. Y, en el texto, incluyes escenas como que las flores se muevan o hablen entre ellas.  Esta fantasía recuerda a Ana María Matute…

Es que este libro es un homenaje a Ana María Matute porque ella me trajo la primavera, no como premio, sino como seguridad a la hora de crear una historia. Me dijo que lo importante era saber qué es lo que quiero contar y, a partir de ahí, a buscar las palabras. Y yo en esta novela quería hablar de los finales felices, de esa importancia de insistir en la felicidad. Ella siempre hablaba de la importancia de la magia a la hora de crecer y de leer. Y lo necesitaba en esta novela por la historia que iba a contar. Necesitaba meter el realismo mágico… que las flores hablarán, qué el lector hablara con los personajes los personajes, con el narrador… Que, sin ser una novela de fantasía, la fantasía entrara en la novela.

En tus libros juegas mucho con la narración…

Sí, juego para probar. También aquí, en No me dejes, hay narrador omnisciente, primera persona porque todos hablan en la novela, está la tercera… Quería que fuera muy en 3D, en el que lector entrara más en la novela porque uno lee en soledad, igual que escribe en soledad, y quería que la conexión fuera más intensa entre novela, lector y los personajes. Quería que ese canal de palabras y energía que se crea cuando estás leyendo una novela fluyese.

-En tu obra redunda el amor, los sueños, los recuerdos… ¿Son las piezas fundamentales de tu filosofía?

Alguien dijo que todos los actores escribimos siempre la misma novela. Yo creo que cada uno tiene sus lugares comunes. Los tenía Delibes o Matute con la infancia y supongo que los tendré yo. Al final hablo de los grandes temas de la literatura que son la soledad, la nostalgia y el viaje. De lo que hablo yo es de la búsqueda de la felicidad y no es más que hablar del viaje, como un recorrido de la Ilíada. No creo que haga nada nuevo en la literatura, sino que es una forma de contar los grandes temas: nostalgia, soledad, viaje…pero a mi manera. Sí es cierto que para mí tiene mucha importancia la búsqueda de la felicidad como gran tema y como viaje de la vida me parece más importante.

-Y las personas anónimas adquieren protagonismo… 

Esta novela va de eso. De esas personas que creen que nunca les pasa nada y que son secundarios. Todos somos secundarios, incluso de los demás. Yo quería hablar de todas esas cosas que nos pasan y que no nos damos cuenta. Lo importante es el momento que estamos viviendo y por eso hablo de esa rutina de la floristería y de esas mujeres que se quedan solas por circunstancias. Y que, de pronto, pueda ver una vuelta de tuerca y un cambio en el destino; y los recuerdos reaparecen y vuelven a tener color y fuerza. Quería hablar de esos personajes que siempre pasan desapercibidos y que en el fondo somos todos.

-En tu obra, hay algo que me recuerda a Federico García Lorca, en cuanto al papel de la mujer…

Precisamente yo menciono mucho a Federico. Cuando ahora me dicen si voy de gira, yo respondo: “voy defendiendo mi novela”, como decía. Él siempre tenía sus lugares comunes y la mujer como ruta, y su mismo dolor. También en el cine a Hitchcock o Pedro Almodóvar. Cada uno tiene sus lugares y sus hojas de ruta y el mío es una dosis de melancolía, parte de nostalgia y parte de viaje y destino.

-Hay nombres femeninos muy simbólicos, como Violeta.

Eso me pasó también en la anterior novela, que las protagonistas tenían todas un nombre muy simbólico y lo hice en homenaje a Lorca y a García Márquez: Tránsito, María Montaña…

El nombre de Violeta era por jugar a ese juego de realismo mágico y de tercera dimensión,
que hasta el personaje se pudiera oler.

Violeta es una flor que crece en soledad, apartada de los demás y que puede florecer en la tristeza. Por eso Dominique, el dueño de la floristería, busca una dependienta que tenga nombre de flor. Podría haber sido Margarita, por ejemplo, pero quería Violeta porque que desean oscuridad y soledad.

-Otro punto de contraste es cuando narras que Dominique, el dueño de la floristería, decide vivir porque unas siemprevivas nunca se mueren.

Dominique decide vivir dentro de un homenaje a su mujer. Por eso lo de flores y, por eso, decide dedicar su vida al amor dentro del recuerdo eterno de las flores hacia su amada. Y decide también que desea una floristería porque en la floristería, a pesar de lo cursi que pueda parecer, suceden los episodios más importantes de la vida. Es un lugar muy lento porque están las flores para un bautizo, para un perdón, para una felicitación y hasta para un muerto. En la misma floristería suceden los episodios más importantes de nuestra vida y yo quería que fuera una floristería, porque en ella sucede la vida y la muerte y, entonces, ahí es el centro de ese mundo.

-Después de leer tus cinco novelas no sé si es una sensación personal pero relaciono a cada una con uno de los cinco sentidos. “No me dejes” con el olfato; “Una tienda en París”, con la vista…

Sí, claro. A la protagonista le cambia la vida a mirar. “El susurro de la caracola”  son los sabores porque era la cocina todo el rato. Yo recuerdo una vez que escribir una cosa sobre esto y le llamé “el imperio de los sentidos”. Y es que los sentidos estallan. En la primera novela que hice, una novela menor porque me apetecía divertirme y jugar con el texto, detallaba que el único sentido que no envejece es el tacto porque uno puede hacerse viejo pero, en cambio, sigue notando con el tacto piel. Pierdes sonido, pierdes vista, pierdes sabores… pero el tacto, no lo pierdes. Si vuelves a tocar a alguien sientes el calor. Creo en los sentidos como un buen lugar para inspirarse.

-Precisamente, en esa primera novela, donde reflexionas sobre los medios, los focos… ¿ya empezaste a sentirte algo incómodo con tu vida profesional?

Lo que sabía era que quería hacer más cosas. Sabía que había un hueco muy grande para rellenar de inquietud y hacer lo que había hecho siempre. Escribía desde niño y participaba en muchos concursos literarios. Yo vi que no estaba sintiéndome del todo completo ni realizado y empecé a escribir para publicar de forma más profesional. Pero, de todas formas, el recorrido fundamental de todos los escritores de la historia es que han sido periodistas.

-Porque es contar historias…
Desde Truman Capote a Larra, Blanco White, García Márquez, la última premio Nobel… Todos. En el fondo es eso, contar historias. Y lo único que varía es el tiempo que le dedicas a las palabras. Hay auténticos textos de periodistas que son novelas, como una crónica larga.

-¿Y qué hay de ese estigma de mal escritor por venir de la televisión?

¿Por qué no se dice eso de quién hace radio o prensa? Solamente ocurre con los que hemos trabajado en la tele. Yo creo que es una envidia total. A veces he intentado luchar contra esos monstruos. Pero ya tengo bastante con los míos como para luchar contra los ajenos. Es una envidia absoluta contra el medio.

-Pero lo has llegado a sentir…

Pero por cuatro gatos, por la crítica… Pero yo he sido muy bien recibido por el público. No tengo monstruos. Y la novela se publica en Alemania, Italia, Brasil…

-El premio Primavera… ¿te proporcionó más confianza?

Me dio tranquilidad. No necesitas premios para sentirte tranquilo, pero el lector no tiene el prejuicio de los periodistas sino que lee, recomienda una novela que le haya gustado y saben que no por salir en televisión la novela es buena o mala. Es que no todas las novelas que están en librería son buenas porque no hayan salido en la tele y si lo miramos al revés es absurdo.

-Y desde tu periodo de calma…

Mucha.

-¿Cómo ves nuestro periodismo?

El periodismo siempre está en crisis, pero sigue así porque los periodistas son el colectivo menos solidario que existe con los propios compañeros, más cañita, cero corporativista… y si alguien puede hacerlo más barato que tú lo va a hacer. Luego se quejará de que se paga poco pero después va corriendo a pagar menos… Yo creo que, en ese sentido, genéticamente, los periodistas tenemos una mala fama provocada por nosotros.

Somos nosotros los que matamos a profesión.

Pero luego hay grandes ejemplos del periodismo y buenos programas en radio, televisión y grandes artículos en prensa. Es decir… que siempre lo compensan los buenos.

-Hablemos del lenguaje y de uno de tus artículos en El Español…

Estoy dando mucha caña desde El Español porque también he hecho uno criticando el lenguaje del periodismo deportivo, que es violento siempre.

-El uso del lenguaje en la profesión…

Es que cualquiera es periodista y el periodismo es una carrera muy fácil. Todo el mundo se cree que puede ser periodista y escribe de cualquier manera. Yo creo que, entre todos, estamos destrozando el lenguaje, que es el alma nuestra. Somos nosotros los mismos que desde el deporte utilizamos cuatro tópicos, en la crónica de sucesos los cinco que quedan. Y luego utilizamos un montón anglicismos y, poco a poco, nos los cargamos…

-A lo que podemos añadir, ya por la sociedad en conjunto, los mensajes de Whatsapp repletos de abreviaturas…

Esa es otra. En general, estamos destrozando el lenguaje, pero por la tradición oral que había antes de hablar mucho con las familias. Eso daba mucha más calidad oral. Cualquier sudamericano habla mucho mejor que nosotros. Cualquiera tiene más vocabulario. Además, como leemos muy poco, pues hablamos peor.

-Seguimos con el valor del lenguaje…

Sí, dar valor a las palabras.

-¿Qué será de las próximas generaciones a las que se les ofrece un desprecio continuo de las humanidades?

Creo que en este país hay que darle una vuelta a la enseñanza. Hay que enseñar a tener curiosidad por las cosas, no por aprender de memoria todo, sino por aprender a buscar, y saber encontrar respuestas a las preguntas. La calidad educativa en este momento está muy floja porque hay que sentar otras bases y otros pilares en la educación. Sobre todo, hacia leer más, a dar más importancia. Es mucho más importante tener interés por las cosas y hacerse preguntas que no memorizar las respuestas.

-¿Y qué es la cultura en España?

España es un país muy cultural, y tenemos una cantidad de referentes culturales maravillosos, sólo que siempre se la castiga mucho a la cultura y desde los gobiernos se la destroza. No se la mima nada. Mira ahora con el IVA cultural, o les importa un pito también que la piratería sea algo común, que no parezca que es robar. Claro, este país es un heredero de pícaros, ya lo escribía otro más importante. En ese sentido estamos heredando que la picaresca, al final, sea nuestro hábitat natural, de todos. Se maltrata la cultura siendo un país de raíces culturales y no se mima. Se considera un arte menor.

Quien no tenga nadie en paro o viva las desgracias
de lo que ha sucedido es que no vive en este país.

-En uno de tus artículos más recientes hablas del suicidio.

Quería recuperarlo porque creo que los periodistas mantenemos mantras que son mentira. Por ejemplo, el del suicidio. Yo creo que no se habla de un tema tan duro, tan dramático, en el que no hay apoyo social  ni siquiera a las personas que tienen que sobrevivir después de la tragedia de un familiar que lo ha sufrido. No se dan charlas, no se remedia… con la barbaridad de diez al día. Y creo que el efecto contagio es mentira, tal vez sí, en algún momento, pero con esa base tampoco habría que hablar a los malos tratos de la mujer.

MH-(56)-¿Qué temas crees que hay que recuperar en los medios de comunicación?

En el programa hablábamos mucho de los desahucios, aunque hablamos del desahucio dramático, el que no tenía alternativa. El último periodismo,  a raíz de la crisis, se ha vuelto más social. Porque la crisis no son más que rupturas, y las crisis cambian los valores, y espero que para bien en estos últimos años. Estoy convencido de que habrá un cambio. De ver menos el precio de las cosas y más el valor.

-¿Y ese cambio también lo ve para el  20D?

Creo que va a cambiar. Se huele el cambio desde lejos y son unas elecciones tan importantes como desde la Transición. Hay muchísimos más actores en escena y el cansancio de la corrupción, el drama, la necesidad… se va a hacer evidente el día 20.

-… pero siempre está el nivel de abstención…

Pero el que se abstiene, que no se queje… Algo que costó tanto conseguir…

-En esa filosofía de tu obra, que hablábamos al comienzo de la entrevista, hay vida, amor y muerte. ¿Qué significa para Màxim Huerta?

Los tres están unidos.  Es lo mismo.  A veces se juntan demasiado y te lo podría resumir en que para mí, la vida es la familia. Lo de la familia puede ser madre soltera,  no estoy hablando del concepto familiar clásico. La vida nace del amor y está muy unida. Y el amor hay muchos tipos. Desde el amor generoso de una madre, al voluptuoso, al fraternal… hay muchos tipos de amor. Resumir el amor es el más complicado. Y la muerte, me remito a la novela, es el último capítulo que puede ser el primero de otros.

-Después del paso que has dado… ¿queda algún miedo en Màxim Huerta?

Soy muy de miedos y los voy perdiendo cuando aprendes a decir que no. A veces es más fácil decir qué es lo que no te gusta que lo que te guste.

Saber qué no te gusta es un paso muy importante
para saber qué quieres hacer.

Los miedos bloquean y es lo que más paraliza al ser humano. A la hora de enamorarnos, de trabajar o acercarte a una barra a pedir agua… Es lo que más paraliza en esta vida. Espero que me queden pocos.

-Aunque surjan nuevos…

Siempre.

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