“Yo por un scoop no perdería a un amigo nunca”

maruja

Me acerco al portal de la casa de Maruja… La puerta está abierta.

Entro al bloque, donde me refugio de una ola de calor en Barcelona, y a mis espaldas aparece una Maruja Torres con ropa deportiva y cargada de energía. Luchadora como pocas, me cuenta que está venciendo su dolor de espalda y nos acercamos a un bar para charlar. Es una de esas entrevistas complicadas, porque la admiras, porque la sientes como colega, porque aprendes con ella no sólo de la profesión, sino de una filosofía de vida ilusionante, guerrera y de disfrute en cada aliento y en cada pausa. Me siento tan pequeña al lado de ella…Porque en cada comentario y en cada respuesta hay una lección de vida. Me recuerdo con 19 años, cuando en mi época de becaria la entrevisté, con motivo del Premio Planeta, y desde entonces, aunque intercambiamos algunos mensajes, no volvimos a coincidir.

En los primeros dos minutos, en la mesa del bar, me coge de las manos con la fuerza y calidez de esas pocas compañeras veteranas de toda la vida. Esas que están curtidas en mil batallas, las que hablan desde dentro y con sinceridad a raudales, las que saben lo que es la lucha y el compromiso, de las que se meten en el fango hasta el cuello, de las que revindican la libertad, la dignidad y la conciencia por encima de todo, y de las que saben que un amigo y la información veraz está por encima de una empresa y el poder.  Me pregunta sobre algunas herramientas para su móvil que le puedan ser útiles, me cuenta su día a día, un proyecto inconfesable, cómo afronta la vejez, recomendaciones sobre los hombres, me desvela entresijos de la profesión… Yo le cuento algunos proyectos y vivencias, entre esas manos sostenidas con tanta fuerza que me apetece anclarme a ellas, y a esas risas y carcajadas que te hacen ver la vida de otra manera… no idílica, sino real; pero dentro de esa realidad en la que hay espacio para disfrutar con los pequeños instantes y para tomarse la vida con ironía para poder sobrevivir… Hablamos tanto que, cuarenta minutos después y con las primeras bebidas ya tomadas, decidimos repetir ronda y poner orden para comenzar de forma oficial la entrevista…

Y empezar por uno mismo…

¿Quién es Maruja Torres?

Soy muy sensata, soy alguien que a pesar de todos los pesares conseguí muy buenas cartas en la vida y las jugué bien. Y eso me permite tener una vejez, que no una ancianidad, que me permite encarar lo que venga, que ya me lo puedo imaginar, con serenidad y con fuerza, con ningún disgusto respecto al pasado.

¿Y en este momento echas algo de menos?

Puedo sentir penas por personas perdidas, muertes de amigos, pero no tengo eso de ser otra cosa, o por qué hice aquello…  no, no, no, no. La vida es muy compleja, pero estoy contenta con lo que tengo. Me gusta pensar que tengo mi pisito bien puesto, con la posibilidad de venderlo a irme algún día a morir en una playa, y mis libros. Leo igual de intenso que cuando era adolescente, quizás con esa velocidad del que sabe que se va despidiendo… y es muy bonito. Estoy disfrutando de ser vieja.   El otro día en una serie de televisión, Mozart in the Jungle, sale una veterana que toca el oboe en la sinfónica de Nueva York. Invita a una chica más joven a su casa y ésta, que siempre la ve como un ser caduco, una cosa más antigua, le dice… qué buen piso, qué buena música… con discos de rock . Y la vieja le responde: “envejecer es un asco en cualquier caso, pero envejecer sóla es lo mejooooor” . Y a mi me pasa eso, que disfruto mucho de mi propia compañía, sabiendo que hay gente fuera y que me quiere alrededor. Pero la soledad entendida de llegar a casa, ponerte la música que quieres, el libro, la copa , la tele que quieres y llamas a quien quieres es una especie de paz. Algo loca, pero paz.

marujaLa soledad no ha sido una carga para ti…

Hay que aprender que la soledad es una conquista temprana, como a los cuarenta y algo, te diría yo, que fue en mi caso. Y hay que saber que no es una derrota sino una conquista. Lo importante es que haya gente que te quiera, que tú quieras a gente, que tú no hayas vivido en vano, que tú hayas vivido, pero que hayas escogido. Y que tengas ese santuario interior, que puede ser en tu casa, en un hotel, en la mesa o en la barra de un bar, que yo lo practico eso mucho… pero leyendo, mirando a tu alrededor, viendo a la gente.  Sabiendo, primero, que no traicionas a nadie porque no tienes a nadie que dependa de ti, por lo tanto no tienes obligaciones; porque si tienes niños o cosas de esas tienes que sacrificarte… A mi me dirán que soy egoísta, pero tengo la suerte de que como mi familia era desestructurada y tuve que espabilar, no conservo valor familiar. Yo quiero a las personas por lo que son. Si son hermanas, son madres, padres o tías… pues si se lo merecen sí…pero…

Los lazos de sangre son relativos para ti…

A mí el lazo de sangre como que no me funciona… Yo me he quitado de encima un montón de fiestas estúpidas de bodas, bautizos, funerales y demás, que imagínate. Funerales voy más a los de los amigos, como es natural…

La familia es la que te construyes en vida…

Yo ya tengo un testamento. Pero voy a hacer otro testamento puntualizando una orden de alejamiento de mi cadáver (jajajajaj). ¿A que es bonito? Orden de alejamiento de mi cadáver. No quiero ni que me velen. Quiero que me lleven por la puerta de atrás al clínico, que me incineren y luego que mis amigos se reúnan con un dinerito que yo les habré dejado, que se corran una tremenda juerga y se repartan mis cosas. Tú piensa que en los últimos dos años he ido a fofoscientos funerales en Barcelona de amigos. Algunos tremendamente queridos, otros compañeros muy apreciados. ¿Qué pasa? Que un día me quedé atónita porque una me dijo… siempre que te veo, me fijo en la bisutería que llevas y cómo te favorece. Y yo me quedé atónita porque  esa mujer y yo sólo nos veíamos en funerales  y me dije… Maruja, espabila, corre, sal de aquí, porque últimamente tienes una vida social de mierda. Por poco que pueda evitarlo, yo no voy a estar así, porque viene una serie de gente, otro de cultura… eso en el caso de que te tengan en cuenta. Y es fatal y hablan de qué bonito es el ataúd… y mientras la pobre está allí. Y después de esto que uno está más sordo que le otro y saltan… Pero ésta no murió de cáncer, sino de un enfisema, jajajaja…¡No lo puedo soportar!

Maruja es todo esto que comentas, pero también es periodismo…  ¿qué es el periodismo ahora para ti?

El periodismo es una cosa que me cuesta, ahora mismo, mucho leer. Ya no me produce el placer de antes.

En general, el periodismo ha perdido el color, el olor y los sabores. Es decir, aquello que trasladábamos a la gente que no podía ir a ese sitio, lo que ocurría, con sus moscas, sus mendigos, sus puestas de sol…

Ahora ni hay espacio, cuando es una paradoja estúpida porque no ha habido más espacio que en la red. Lo que pasa es que no hay dinero para que esa persona se vaya a ese sitio. Somos un país paupérrimo. No somos tercermundistas, porque ni siquiera tenemos clase como para tercermundistas, porque no tenemos ni la tremenda dignidad de los africanos y su tremendo dolor y penas. Pero nosotros somos un quiero y no puedo, que hemos llegado muy poco lejos en cultura, lectura, educación… Cuando era joven creía que era un no parar. Que si te empeñabas en ser culto y en ser mejor, te iría bien.

La cultura del esfuerzo…

Los únicos que han estudiado han sido los hijos de los obreros y luego se han visto corrompidos, sin ellos querer, por ese sistema de que si no hay empleo no rentabilizas y de que el humanismo ha desaparecido. Es mejor ser veterinario de vacas en una granja e inseminarlas con una jeringuilla, a ser de perritos que te miran a los ojos. La parte humanista del veterinario se pierde porque está mejor pagado inseminar vacas con una jeringa del tamaño de mi pie, porque así tendrá más terneros y serán más grasientos.

¿Crees que las humanidades han pasado a ser tan secundarias como el sentimiento de humanidad?

Hace muchos años hice un reportaje, y esto viene de los socialistas, de un muchacho que se suicidó a lo bonzo en la Politécnica de Valencia, que no era Vietnam. Fui y me di cuenta de la presión a la que estaban sometidos. Pregunté al director dónde se suicidó el alumno y me respondió que ahí, donde había un patio. Le pregunté qué hacía  él en ese momento, y me dijo que estaba con su mejor alumno, que se lo estaban disputando muchas empresas. Y le pregunté… “¿pero interrumpiría la clase?” Y me respondió que llamó a los bomberos pero siguió dando la clase, que no se iba a perder el examen funalito de tal.  Y ahí comprendí por qué se había suicidado el otro. Los compañeros de clase no pararon. Le dijeron… las cenizas son parte de vuestro compañero… y los otros siguieron a lo suyo. Y los tuve que entrevistar clandestinamente, porque sabían que quienes criticaban el sistema les bajarían las notas… ¡Y el otro tomaba pastilas para estudiar!  Ahí vi que todo cambiaba para mal.

Y en el periodismo… ¿la tecnología ha tenido alguna culpa de sus desgracias?

¡Para nada… Es magnífica! Ojalá la hubiese tenido yo.

¿Al periodismo le falta función social?

Una función social y más amplio… una función de cultura, de comunicación, de horizonte, una función total…

Entonces, la profesión no es el problema de esta crisis en el sector, sino la empresa…

La empresa, la empresa, la empresa,… Ni los periodistas ni el periodismo. Es la empresa. Bueno, el periodista que se doblega a la empresa también. Cuando el periodismo se convierte en un empleo, deja de ser un oficio…¡Y es un oficio! Un oficio vocacional. Y es un oficio de servicio! Tengo que tener un trabajo que como ser humano me compense.

Pero tenemos una precariedad bastante notoria…

Es que tener un suelo de 1000 euros  en contratos de seis meses, que eso ahora es la ostia, trabajando quince horas al día… ¡y que no tenga cojones para protestar! Hombre, si te pagaran 5000 lo entendería… Aunque sería repugnante, lo entendería. Pero por 1000 euros… ¡protesta y escribe lo que te guste!

¿Y cuando se cobra aún menos? Yo cobraba 450 euros y está la tendencia hasta de no pagar nada…

Claro, y encima que agaches la cabeza. Pues no, ya me buscaré la vida en otro sitio, porque por 450 quiero contar lo que veo, es lo único que me va  acompensar. ¿Pero sabes la de gente que ahora está montando con sus finiquitos sus medios y no pagan a sus compañeros? Varios…

¿Piensas que hay mucho periodista al dictado?

Es que ha cambiado mucho… Por ejemplo, la página de Carmena yo  entendía que era para puntualizar aquello que se explicaba mal, porque estamos hartos de ver cómo sesenta gilipollas que dicen que son periodistas, con una alcachofa, como están deseando ser sensacionalistas para que les contemplen sus jefes por encima de otros enseguida, buscan la frase de escándalo. Los mismos que dice “Atenas en llamas” y al final son dos neumáticos quemados…

 

El gremio, que jamás se puso así por ruedas de prensa sin preguntar, porque repreguntar ya es una utopía, va y luego se come el plasma. ¿Pero bueno, qué es esto? ¿Nos hemos vuelto así de corporativistas haciendo la mierda que hacemos? Hacemos mierda.

¿Alguno se salva?

Hay cosas que despuntan en lo digital… Gente suelta en los tradicionales también hay y lo harían mejor si los dejaran… Y otros que trabajan en edición quince horas y son buenísimos y que harían mejor que el estrellón contratado por una pasta.

¿Cuándo empezó a torcerse el tema?

Eso empezó con el gobierno socialista, cuando se empezaron  a ir periodistas tentados por los gabinetes de prensa y de comunicación, dejando en excedencia el periódico donde trabajaba. En la serie danesa Borgen se ve muy bien. Es inmoral porque, por ejemplo, te has ido de jefe de prensa de Zapatero y conoces los resortes mentales de tu compañero y vas a vender el percal… Y el político lo que quiere es vender el percal, que no es el mejor de todos. Después vuelves porque cambia el jefe de prensa o político. Vuelves al diario y arrastras a ese diario todos los vicios de engaño que has adquirido en ese tiempo. Eso da mucha vergüenza. Javier Ayuso, de El País se fue a un cargo del Banco de Bilbao, que era periodista de Economía, y después fue portavoz de Casa Real. Ha estado en El País y se ha ido a Nepal últimamente. Esto es inmoral y desanima a los jóvenes mucho más. Y no. El periodismo es una almohada que cuando está sudada, le das la vuelta y está fresca. Podemos darle la vuelta nosotros, pero tenemos que perder el miedo.

Vivimos entre abundancia de información, pero ¿tienes la sensación de que la sociedad está más desinformada que nunca?

Yo creo que la mala gestión y la crisis le han hecho un flaco favor al periodismo por culpa de las empresas, que se han encontrado en numero rojos y con un PP en mayoría absoluta, que eso es el negocio del siglo. Si la gente quería votar a derechas, podían haber votado a Zapatero, que era derecha civilizada. Pero la gente quería castigar a Zapatero, porque en este país somos así… era razonable, yo no le votaría, pero comparado con estos… y encima les dan mayoría absoluta. Habéis querido castigar a Zapatero dándonos con una sartén en la cabeza. Y entonces ahora cambia la tendencia, en el sentido de que este país va a tarda mucho en dar mayorías absolutas a alguien. Pero que aún conserve el PP el 30%…

…a pesar de los recortes…

Pero es que este país son tres tercios, sociológicamente. Es un tercio de derechas, pero derechas pinochetistas, muy brutas. Un tercio de izquierda desorientadas y divididas entre sí, y un tercio de indecisos que votan con el puto bolsillo o no se qué. Los indecisos me tocan los huevos mucho. Si no tienes idea aún de lo que quieres en la vida y espabilar… ¿Tú para qué estás? Te levantas, meas, te duchas, desayunas, trabajas como un burro, ingieres algo, cagas y te vas a dormir… o sea, ¿un animal? ¡El animal al menos no tiene raciocinio, tiene disculpa!

Pero para conseguir esto hay que dirigir muy bien la orquesta…

En los setenta, cuando Franco estaba cachiruli, Pueblo compensaba su pensamiento de derechas con muy buen periodismo. Pero esa cosa agresiva de ahora… Lo que ha hecho Soraya, Rajoy y Arriola es apoderarse de los medios. Hasta el punto de que los que hablan más abiertamente chillan igual. Lo bueno que tenía El País era que nadie gritaba, era como Le Monde, fino.

Memorable tu despedida del diario El País…

Para mí eso es historia…

Historia superada…

Es historia y es alegría, sobre todo viendo quiénes están ahora, porque yo a David Alandete no lo estaría obedeciendo ni muerta.

Recuerdo mucho aquel momento que describiste cuando lloraste a la salida…

Yo lloré como Casillas… por el trato injusto, por ser un gilipollas, porque me echaron de un periódico que yo entendía mejor que él. Ahora bien, no voy a llorar en Portugal. Enseguida me puse las pilas, a trabajar y a elaborar todo esto de mi vejez.

20150716_211254Te resultaba más interesante…

Claro, y mucho más rico. No como otros en El País que pasan por allí de vez en cuando, que alguna que otra vez le dejan publicar una columna, que si una intervención en la Ser.. ¡venga ya!

No sería la única vez que lloraste por esta profesión…

No, por temas personales en esta profesión he llorado muchas veces. Cómo no vas a llorar por tu profesión, que amas. Esta profesión ha sido y es todo. Me ha dado aventura, vivencias, conocimiento, conocidos, países, conciencia, historia, primeras páginas, amantes…

Eso es mucha vida…

Tengo recuerdos que, de verdad, no los quiero ni compartir, porque son tan míos… Tengo olores, calles, castaños bajo la luna… Yo he tenido momentos de lloro profundo. Cuando trabajaba en Pronto, de repente, me doy cuenta de que estaba perdiendo el tren. Con veintitantos años, acaba de salir El País, año 81… yo vivo en Barcelona y yo, que quiero ser reportera, estoy ganando un pastón acojonante porque creen que yo soy una escritora frívola, que esto es típico catalán. Me voy a Madrid, con mi maletica, mis amigos me ayudan y empiezo a colaborar en El País. Y a los dos años y medio veo que estaba en una dinámica de El País donde me querían castigar… Eso lo hacen mucho, ¿no? Como… ¿ésta quién se ha creído que es? Pues me largué y me fui a Cambio 16 y me fui llorando porque era jodido irse. Cuando dos años y medio después vuelvo a El País y me daban reportajes y lo que quisiera…  fue el periodo más feliz.

¿En esta profesión se hacen amigos?

Sí, pero siempre que tú prefieras un amigo a una noticia. Yo por un scoop no perdería a un amigo nunca. Tengo mis prioridades muy claras. No tengo espíritu de depredador periodístico, y me alegro.

El periodismo siempre te acaba haciendo alguna putada, y los amigos no.

Los depredadores suelen tener los días contados…

Claro, además si un amigo viene con un scoop y se lo robas… ¿con qué cara desayunas al día siguiente con él? Y, ¿por qué? ¿Por una empresa? Hay que distinguir entre la buena información y el scoop tonto. Lo de, “yo voy a sacar una entrevista antes que este otro”… a mi nunca me ha interesado. Yo quiero informar bien y no me importa si es algo más tarde. Nunca he sido de exclusivas, sólo que lo he contado de otra manera todo.

En diez veces siete, hablas de tu madre… ¿Tu forma de vida es tu forma de escribir?

Sí, claro. Uno es su circunstancia y no puedes hacer otra cosa. Yo el tema de la identidad me es pasajero. Yo no soy catalana, ni española, ni periodista, ni mujer… soy todo. Y soy la que ha viajado, la que ha nacido en el barrio chino y la que miraba desde el balcón… soy la suma.

¿Y qué aprendiste?

Tuve la suerte de tener ejemplos negativos y verlos como lo que más odiaba del mundo mundial.  Que los hombres pegaran a las mujeres, que las mujeres fueran sumisas, que otras fueran por detrás jodiendo a sus hijos… Todo esto lo odiaba, quería despegármelo como fuera, como si arrancara la piel.

Hace poco escribiste un artículo sobre Pedro Sánchez y esa enorme bandera de España, que podría ser sustituida por un libro… ¿qué fueron los libros para ti?

Los libros eran mi compañía. Lo recuerdo con tres años o cuatro. La relación con el libro era muy física. No tenía amiguitos invisibles… de los otros tampoco. Pero tenía mis libros y los de adulto, que eran diferentes. Y leer me ayudaba a evadirme. No me recuerdo sin un libro, con lo que sea. Cuando trabajaba de aprendiz a los catorce años y andaba con mi libro, controlaba los suelos, caminaba, me detenía, miraba y leía totalmente. Desde los siete u ocho años, me daba mi tío cinco duros y yo alquilaba un librazo.

En la vida tenemos que hacer frente, entre otras cosas, a la vida, al amor y a la muerte. ¿Qué significan para ti?

Pues el amor depende del amor y la vitalidad. Amor a ti mismo, a la vida…

El otro amor, el romántico, tiene su momento y tiene su sitio. Es como un libro en una estantería. Estuvo estupendo mientras lo leíste , pero hay libros que no vuelves a leer y hay otros que sí.

El amor estuvo bien, pero no fue lo más importante de mi vida. La pasión, sí. Eso sí. A lo mejor luego me pegaba la ostia yo, o él o los dos. Pero eso me obligaba a atravesar océanos, a organizar cosas increíbles, vivir aventuras… porque yo era arrojadísima. Yo decía… este tío para mí.

Y cuando terminaba…

Y cuando terminaba la relación yo me agarraba como una perra a los pantalones del tío con los dientes, hasta que un día abría los ojos y decía, ¡qué horror!

¿Por?

Pues decía… ¡Que se caiga muerto, no me importaba nada, se me había pasao! Porque sólo era físico y cabezonería. Hay mucha cabezonería por parte de las mujeres. A mí me gustaban siempre los casados para que no se casaran conmigo, por dios, si es de manual.
Yo lloraba y decía: “deja tu mujer”. Menos mal que no lo hicieron…

¿Y si lo hubiesen hecho?

Hubieran perdido el interés por completo.

Pero, ¿te hubieras casado?

No, no, qué va. Y la relación más larga que tuve, de diez años, creo que con dos hubiese sido suficiente.

¿Y este concepto del amor lo tenías claro desde el principio?

No, no era claro. Eran oleadas de sensaciones. Yo tuve varios novios formales e informales. Mi madre iba bordando la mantelería y cambiando las iniciales. Y del que me enamoré, de vez en cuando teníamos crisis porque el aburrimiento me podía. Yo era secretaria. Él ingeniero. Y el tío venía a buscarme a las siete. Aquello era mortal. Y me decía… ¿voy a estar haciendo esto el resto de mi vida? Cuando nos peleábamos me decía… “ah, voy a estar sola y ser una mujer solitaria…” Hasta que volvía a necesitar el amor y volvía.

Siempre tuve claro que si no seguía la línea establecida del amor, yo estaría sola. Y no me parecía mal.

No te angustiaba…

No, porque no pensaba en términos tipo no voy a tener una hija que cuide de mí cuando sea vieja, un marido como compañía… Y me decía, con sensatez: oh, no hay gente más sola que la que está en compañía a disgusto. Pensaba en mi padre y en mi madre, eso me servía, y en otros que hacían ver que se llevaban bien, y para nada.

Y en esta sociedad, ¿cuántas veces te dijeron aquello de sentar la cabeza?

Pocas veces porque era fea… Era resultona, pero no la niña bonita.  No era la muñeca a la que podían vestir para vender. A los 14 me puse a trabajar y con 21, trabajando en el periodismo, yo ya tenía excusa para llegar tarde a casa y hacer mi vida.  La obsesión de la independencia la tuve siempre, y tenía otra que era viajar.  Eso no era de chica normal.

¿Y ser madre?

¡Anda, para nada! Una cosa era, en pleno enamoramiento, eso de tendremos niñitos y viviremos felices, pero eso era en calentura, en calentura se dicen muchas tonterías. Y si hubiese querido tener hijos, tal y como soy, los hubiese tenido. Pero, afortunadamente, no los tuve porque si los hubiese tenido no hubiese podido dedicarle tiempo a hacer lo que hago.

¿Y qué es vivir… y morir?

Vivir es lo mejor. Y la muerte es un final, porque sin muerte no le daríamos aprecio a la vida.

Para mi lo malo es la crueldad de la enfermedad. No la entiendo. Como no creo en Dios ni nada de eso, debe ser que el organismo se deteriora y debe morir, ¿no? Me parece terrible. Pero si lo miramos al revés, un organismo que se va a deteriorar y morir, fíjate los momentos de gloria que vive antes. Esa es la parte optimista . Y no puedo dejar de pensar en ello porque yo me lo paso bien con todo: contigo,  lo que comemos ahora, la cerveza, las cuatro cosas que me has enseñado del Samsung… todo esto es para mi ideal. Soy una mujer feliz sin ser imbécil.

¿Cómo se supera la muerte de la gente a la que quieres?

No se supera… Te repones… Tiras pa’lante, pero ya me gustaría a mi ser católica y pensar que me voy a encontrar el paraíso. No se supera. Es uno de los dolores de la vida, y de los dolores serios, y además tiene que ser así porque si no qué valor tendría haberlos conocido. Es muy jodido. No se supera. Ahora, lo supera mucho peor la pareja porque tenían un proyecto de vida. Yo a mis parejas no les di tiempo a morir y ahora cuando leo las esquelas me digo… ¡ay, con este tuviste un lio!

Es un alivio pensar que no eres la viuda…

¡Claro!

¿A Maruja le queda algún miedo?

Siempre al deterioro mental, pero he llegado a los 72 y si empieza poco a poco siempre estoy a tiempo de pegarme un tiro. Ojalá tuviera el valor y la pistola. No es fácil. Es el sucidio sin dolor ni amargura. La eutanasia no me parece mal, aunque me gusta más vivir, claro.

Te parece lo más digno…

Claro, sobre todo elijes el momento antes de perderte. Sería estupendo si lo olvidas todo y no te acuerdas de nada. Pero hay que aceptar lo que te viene, es lo que hay, el deterioro.

¿Y te quedan sueños?

No hay que tener sueños que no se puedan alcanzar. Yo he encontrado de repente un gran acomodo físico, pero yo no puedo pasearme por El Cairo con dos muletas pasando baches. Mi preocupación es que el cuerpo no me falle tanto. Mis sueños ya están cumplidos. El periodismo me dio una vida novelesca.

Te sentiste protagonista de una novela…

Sí, de  mi novela. Ojalá yo la hubiese sabido escribir. La novela de mi vida es cojonuda.

Eso me dice Maruja, con una sonrisa extensa, con un rostro que refleja la inmensa felicidad de haber exprimido y exprimir la vida como ha querido y quiere. Y me hace imaginarla de un plumazo como esa protagonista novelesca en cada una de las etapas de su vida, sin achicarse ante nadie ni ante nada, ni siquiera ante los sentimientos.

No sé bien si estoy delante de una Maruja de setenta y dos años o de una adolescente que devora libros, a la que aún le brillan las pupilas por la energía, coraje y arrojo con la que saborea la vida.

Caminamos unos metros hasta su casa, mientras me abraza por el camino y compartimos las últimas reflexiones de la profesión, casi destilando gota a gota los últimos segundos. Y después de un sincero abrazo, me dice que si vuelvo a Barcelona y tengo problemas, que silbe. Y Maruja me hace sonreír una vez más al saber que puedo recurrir a ella como red, como las buenas compañeras, sin saber que cada una de sus palabras me hacen respirar y avanzar afrontar lo que venga.

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